27/08/10

Esto es Sudáfrica

En la tercera fila de asientos de una camioneta que desborda de pasajeros y valijas, me refugio en mi música e intento disfrutar del viaje mientras miro por la ventana. Pero me cuesta, se me hace muy difícil. En eso agarro mi cuaderno y anoto: “pobreza, mucha pobreza, por todos lados pobreza”. Viajamos por el interior del Cabo Oriental, con destino a Durban. El sol africano nos invade y, a pesar de que estamos en invierno, nos obliga a abrir las ventanas. Afuera el paisaje me hace sentir incómodo, siento que yo también soy un poco responsable. Al recorrer las grandes ciudades de Sudáfrica, la desigualdad es una constante, el contraste entre clases sociales se hace evidente en cada esquina. Pero acá ya casi no se pueden notar las diferencias, todo se asemeja, la carencia se vuelve un denominador común. Me dan ganas de bajarme del auto, de ponerle pausa al viaje y de mezclarme entre ellos, pero no me animo. ¿Quiénes son ellos? Los que conviven día tras día con la necesidad. Gente como vos y yo, que no tuvo las mismas posibilidades y que no conoce otra forma de vida más que la de luchar diariamente por sobrevivir. Y eso es lo que duele. Siento que no es justo y me invade la impotencia. Definitivamente no estoy en condiciones de disfrutar.

El Mundial de fútbol mostró una cara de Sudáfrica que no representa realmente la situación general del país. Es lógico que haya sido así, pero la imponencia de esos estadios – la mayoría de ellos construidos especialmente para la ocasión – contrasta cruelmente con la calidad de vida de gran parte de la población. No soy un hipócrita: yo fui a disfrutar del evento deportivo del año y no reniego de ello. Pero cuando uno pone las prioridades en la balanza se da cuenta de que evidentemente hay algo que estamos haciendo mal. Y ese “algo” no es menor. Se gastan fortunas en meras trivialidades (al entrar en la comparación el juego de la pelota se vuelve sencillamente trivial) cuando ahí afuera hay chicos que se mueren de hambre. Y por más que suene a cliché estoy hablando de la más pura realidad. Y al hacer referencia a los chicos estoy buscando retratarla con la mayor crudeza posible. Porque creo que el mayor error que podríamos cometer al hablar de la pobreza es no ser definitorios. Para empezar a pensar en soluciones primero debemos tener conciencia de la magnitud de lo que se intenta componer. Y aquí no hay lugar para medias tintas ni remedios pasajeros.

Hoy estoy de vuelta en Buenos Aires y me tomo un tiempo para pensar en lo vivido, me dejo llevar por los recuerdos. El viaje que hace algunas semanas era presente hoy se ha vuelto un cúmulo de imágenes y sensaciones. Como es normal, con el paso del tiempo los recuerdos tienden a borronearse y le van dejando su lugar a las experiencias. Sin embargo, creo que jamás voy a olvidar esas expresiones en la cara de la gente: con sus ojos destilando resignación y agotamiento, pero que si por casualidad se encontraban con los tuyos en un cruce de miradas muy probablemente te devolvían una sonrisa.

Volviendo a la ruta, los kilómetros se sucedían y el paisaje seguía siendo el mismo. En mi cuaderno escribí: “viajar me hace sentir libre, a la vez que chiquitito”. Ahora agrego: e inútil. Así me sentía en ese momento y así me sigo sintiendo. Después de todo, la historia me respalda: puedo escribir mil páginas sobre el tema sin que nada cambie. Pero no pienso en rendirme, si es necesario escribiré mil más, las que hagan falta. La lucha por terminar con la pobreza debe ser incansable. Y ese sentimiento de impotencia me tiene que servir como combustible.

Una vez más quiero hacer hincapié en lo fundamental de la educación. Debe ser el objetivo principal de todo gobierno que todos tengan acceso a ella. Y como es imposible empezar de cero, resulta inevitable que exista una ayuda para que los más pobres también puedan estudiar. Pero creo que sólo con la asistencia del Estado no es suficiente. El cambio debe ser radical, la sociedad toda debe ser partícipe: tenemos que empezar a considerar a todos como iguales, como pares, sin prejuzgar. Nunca dejará de haber pobres si insistimos en darles la espalda. Es una tarea difícil y debemos estar dispuestos a hacer el esfuerzo. Reconozco que me cuesta llevar a la práctica lo que predico, pero no me queda otra que dejar de lado la vergüenza y aceptarlo: yo también estoy lleno de prejuicios. Sólo así estaré en condiciones de formar parte del cambio.

Los granitos terminaron de caer en el reloj de arena que indica que mi té ya está listo. Miro por la ventana del bar y todo es ciudad, todo es cemento. Añoro aquellas horas en la ruta en las que la incomodidad me hacía sentir mejor.

31/07/10

Recuerdos de una derrota

El fútbol es un deporte que genera pasiones a lo largo y ancho del globo. Hay quienes prefieren disfrutar del espectáculo, cerveza en mano, desde la comodidad del sillón de living. Y también estamos nosotros, los que nos anotamos en la taquilla de cada encuentro, los co-protagonistas de todo partido, los simples espectadores, que no entendemos a este hermoso deporte sin la tribuna.

Este artículo se origina una noche de sábado, en la bellísima ciudad de Cape Town, post eliminación argentina del memorable Mundial de Sudáfrica. La tristeza y el vacío me invaden. Siento una desesperante sensación de final (con mayúsculas), del más triste e indeseado final. Quedarse afuera de una Copa del Mundo es uno de los momentos más difíciles en la vida del futbolero. Vivirlo en la cancha es sencillamente desgarrador. Pienso, revuelvo en el fondo de mi memoria buscando la forma más precisa de contar cómo es este dolor. Inevitablemente las lágrimas empiezan a caer. Con algo de masoquismo quizá, me traslado al instante en que mi ilusión tocó fondo. Acostado en la cama, en un cuarto frío y oscuro de un departamento frente a la costa, me incorporo de repente, agarro lo primero que tengo a mano y escribo lo siguiente: “lo bueno de perder en la cancha”.

Habiendo sufrido una de las derrotas más dura de mi vida futbolística (sólo comparable con lo que me significó quedar afuera en 2002), hoy les puedo asegurar que para mi lo mejor es siempre vivirlo desde adentro. Hay dolores que es necesario experimentarlos en el lapso más corto posible, aunque eso signifique multiplicar ese sentimiento mil veces. Me ha tocado ver perder a la Selección en diferentes ámbitos y circunstancias, casi todas ellas a miles de kilómetros de donde se sucedían los hechos. En todos los casos la agonía tiende a alargarse, todo a nuestro alrededor se tiñe de gris y la tristeza parece ir in crescendo con el paso del tiempo.

Según mi punto de vista, se trata de distintas clases de dolor. Ver los partidos por la tele me hace sentir que estoy en deuda de alguna manera. En esta última oportunidad, me ha tocado vivirlo in situ, ser testigo presencial del capítulo más doloroso. Y la experiencia es completamente diferente, casi que inversamente proporcional en algún sentido. Cuando termino de ver un encuentro en la tribuna me siento satisfecho, con la tranquilidad de que he dado todo lo que estaba a mi alcance. La crudeza del dolor que se vive desde adentro es, desde ya, mucho mayor. La sensación es de un inmenso vacío. Es como si a partir de ese momento fuese imposible seguir sintiendo dolor, o seguir sintiendo nada, como si te arrancaran de adentro la capacidad de sentir.

Con la derrota consumada, lo que viene a continuación es irremediablemente mejor (o menos peor como mínimo). Cuando uno toca fondo ya no puede seguir bajando, por lo que lo inevitable es empezar a subir, muy lentamente. Los minutos posteriores a la eliminación fueron terribles. Sentí que me había quedado sin fuerzas. Cuando el árbitro pitó el final simplemente me hundí en la butaca y así me quedé, inmóvil, por un buen rato. Ya no había vuelta atrás, el resultado más temido se había transformado en la más cruda realidad. Transcurrieron los minutos y mi cabeza empezó a trabajar en el ítem “aceptación”. El grupo de argentinos con el que compartí este viaje parecía haber perdido el espíritu. Todo lo que se escuchaba eran diferentes estrategias y posibilidades, siempre en plan de dejar el país lo antes posible, de regresar a casa. A mi me quedaba todavía un mes, y debo confesarles que también barajé la posibilidad de volverme.

Pero volviendo a lo que originó este artículo, el hecho de haber dicho presente comenzó a dejar ver su lado positivo. Con el pasar de las horas pude recomponerme anímicamente y volví a focalizarme en lo que venía. Con la compañía de los que se bancaron quedarse (entendiendo perfectamente a los que eligieron partir) empezamos a organizar lo que quedaba: ya no había que preocuparse por las entradas que faltaban ni que planear el viaje a la siguiente sede. El Mundial era historia y nosotros todavía ahí.

Decidimos abandonar Cape Town y emprender un viaje por la costa. Las horas en la ruta transcurrieron entre música y anécdotas, con los siempre inevitables momentos de angustia por pensar en lo que pudo haber sido y jamás será. Las lágrimas dijeron presente más de una vez, como la prueba de que el dolor seguía y seguirá ahí. Para los que no entienden el fútbol de la misma manera que yo aquí va una pequeña aclaración: nunca dejaré de llorar y angustiarme al recordar ese partido. La ilusión era inmensa y lo que vivió el grupo (del que me enorgullezco en haber formado parte) fue inolvidable. Eso hace que en definitiva el balance sea positivo, nadie nos podrá quitar jamás lo que vivimos en Sudáfrica.

Hoy estoy disfrutando de los últimos momentos del viaje, en menos de 24 horas voy a estar de vuelta en Buenos Aires. Las vivencias acumuladas han dejado marcas indelebles. Mi primer Mundial ha sido maravilloso en muchos sentidos. E incluyo entre las grandes experiencias la de la eliminación contra Alemania. Las lágrimas, la angustia, el dolor, son todas confirmaciones de que estamos vivos. Y a mi el fútbol me hace sentir vivo. Lo que pase durante los 90 minutos de juego puede significar la alegría más grande o la tristeza más profunda. No tengo dudas, estamos hablando del deporte más hermoso del mundo.

21/07/10

Potrero africano

Si no fuera porque tiene arcos, a cualquier turista pasajero se le podría pasar desapercibido. Volviendo de un breve recorrido costero por la hermosa Hout Bay, en el lugar menos pensado, lo descubrí: un potrero. Me fue inevitable estacionar el auto, agarrar la cámara de fotos y arrimarme al costado de la cancha. La escenografía era bien diferente de lo que venía viendo durante la mañana, acá ya no había turistas paseando en bicicleta, sólo unos cuantos hombres con ganas de ver rodar la N° 5 y veintidós protagonistas – la mitad con camiseta amarilla y roja, la otra mitad con camiseta azul –. Haciendo honor a la tradición futbolística del país, todos de raza negra, tanto jugadores como espectadores. Y también estaba yo claro, con mi indisimulable cara de extranjero. No hizo falta más que sacar la cámara para que alguien se acercase, tímidamente, con ganas de saber quien era este intruso sudamericano.



El hombre tendría unos 50 años aproximadamente, estaba vestido con ropa deportiva y le colgaba una bufanda del Manchester United del cuello. Lo primero que me dijo fue que se jugaban dos tiempos de 15 minutos cada uno. Yo pregunté si se trataba de alguna especie de liga local, a lo que respondió que sí y que se jugaba sábados y domingos. Luego indagué sobre la edad de los jugadores (parecían bastante jóvenes en general) y me dijo que tenían entre 16 y 20 años. Seguimos mirando el partido y, mientras tanto, mi oportuno informante me seguía aportando datos: resultó ser que él es el dueño de uno de los equipos (los de amarillo y rojo) y que el chiquitito con el N° 3 en la espalda que juega por la banda derecha es jugador del Ajax Cape Town (equipo de la Primera División local) aparentemente. Ya se estaba disputando el segundo tiempo y los de azul se habían puesto 2-0 arriba en el marcador, por lo que el hombre de la bufanda se sintió en la obligación de aclararme que algunos de sus jugadores no estaban presentes porque debían trabajar.

Con respecto a la calidad del encuentro y las características de sus protagonistas, debo reconocer que el partido fue típicamente africano: jugadores con buena técnica y (muy) escasa disciplina táctica. Desde ya que no puedo pasar por alto el imposible estado del terreno: la cancha no sólo era íntegramente de tierra y sin líneas que la delimiten, sino que además poseía innumerables desniveles con el agregado de un par de charcos de considerable tamaño.

Escribo estas líneas, cerveza de por medio, en la comodidad de la barra de un barcito de la zona de Green Point, con el estadio de Cape Town delante mío y no puedo dejar de recordar el desprolijo potrero que descubrí más temprano. Los que comparten mi amor por este hermoso deporte entenderán muy bien de lo que estoy hablando, no hacen falta imponentes construcciones ni rutilantes figuras para disfrutar de un partido de fútbol. Hace tan sólo unos meses tuve la oportunidad de ver Real Madrid-Barcelona en HD (Alta Definición), lo que fue mi primera experiencia con esta nueva tecnología. Un rato más tarde ese mismo día, estaba sentado frente al televisor observando un encuentro del Torneo Clausura Argentino y debo reconocer que la primera impresión fue un tanto decepcionante, la diferencia en cuanto a calidad de imagen era elocuente. Pero fue cuestión de segundos, los que mi visión necesitó para aclimatarse, y ya me había olvidado de las carencias a nivel imagen y estaba metido de lleno en el juego.

La nación del arcoiris ha demostrado estar a la altura de las circunstancias a nivel organización, lo que es motivo de orgullo para todos sus habitantes. Desde ya que con altas y bajas: no se cumplieron a rajatabla todos los protocolos pero, sin embargo, la alegría y la buena predisposición de los locales hizo de ésta una Copa del Mundo inolvidable. Hoy faltan cuatro años para que las luces se posen sobre la inmensidad de las canchas brasileras. La llama del Mundial está en plena etapa de extinción y la vida en Sudáfrica va recobrando su ritmo cotidiano. Mientras tanto, en ese potrero perdido al costado del camino que conduce a Cape Point (el extremo sudeste del continente), la pelota corre más viva que nunca.

12/07/10

Primer análisis de situación

Habiendo finalizado la Copa del mundo, el grupo de argentinos del que formo parte comienza a desmantelarse definitivamente: hoy partieron rumbo a Mendoza dos integrantes más y en pocos días estaré encarando la etapa final de mi aventura sudafricana en absoluta soledad. Esta mañana, mientras regresaba de pasar un fin de semana en el campo junto a una familia local, aprovechaba el viaje para repasar mentalmente algunas situaciones que me han llamado la atención durante el tiempo que llevo aquí.

Cuando uno pregunta por el nivel de inseguridad existente, las respuestas que recibe son similares a las que podría esbozar cualquier habitante argentino ante la misma pregunta: te pueden matar para robarte 20 Rands (sería el equivalente aproximado a 10 Pesos).

El martes 10 de Mayo de 1994, Nelson Mandela asumió como el primer presidente negro de la historia de Sudáfrica. Hace sólo veinte años que estas tierras dejaron de ser la casa del Apartheid. Es inevitable que, habiendo transcurrido tan poco tiempo, todavía se puedan ver las secuelas de más de cuatro décadas de segregación. Con un 80% de la población de ascendencia negra, el primer impacto es netamente visual, uno debe buscar bastante si pretende encontrar un hombre blanco. Como en (casi) todo, con el pasar de los días te vas acostumbrando y dejas de sentirte un completo extraño por tener un color de piel diferente al de la mayoría.

Hace instantes mencionaba que se pueden palpar aún las secuelas del Apartheid, pues bien, una de ellas se hace muy notoria cuando uno va a comer o a bailar a algún lugar de moda: los/as camareros/as son usualmente de piel blanca – como la mayoría de los que frecuentan estos sitios –, pero los encargados de recoger platos y vasos son siempre de piel negra. Hasta parece que lo hubieran pensado adrede: es como si fuese una sombra la que se encarga de devolverle el orden a tu mesa. Son momentos en los que mis sentimientos adquieren un sabor agridulce: al mismo tiempo que me río y disfruto con amigos, no puedo dejar de ver esa otra realidad que me rodea y que genera – paradójicamente – oscuridad en medio de tanta luz.

Por otro lado, como también hice mención anteriormente, he pasado mi último fin de semana en el campo (uno de los tantos que rodean a la ciudad de Durban con sus extensas plantaciones de caña de azúcar), ya que uno de mis compañeros de viaje conocía desde hace tiempo a una chica de estas tierras que nos invitó a pasar un par de días junto a sus padres, en la casa que ellos habitan en las afueras de esta hermosa ciudad costera. A raíz de ello, hemos tenido la posibilidad de compartir hermosos momentos y de experimentar cómo es la vida hoy día de una auténtica familia sudafricana. Entre las numerosas charlas intercambiando datos acerca de las costumbres, tanto suyas como nuestras, he logrado recavar cierta información respecto de como se siente un habitante de piel blanca en relación al resto de la población. Yo tenía el dato de que era un poco así, pero he podido confirmar – por lo menos para esta familia – que hoy se da una especie de "discriminación al revés": los blancos se sienten excluidos por los negros.

Sin embargo, a pesar de lo negativas que puedan sonar las vivencias que he intentado retratar, logro ver luz al final del túnel. Por un lado está el reconocimiento de un inmenso amor por su país de parte de los blancos al admitir con dolor su sentimiento de exclusión. Y por el otro está la inagotable alegría de la población negra, que te envuelve en cada momento y en cada situación: es de lo más habitual verlos bailar y sonreír, no interesa si están trabajando o paseando en familia.

Según mi modo de ver las cosas, es lógica la situación desde el punto de vista racial y deberá pasar mucho tiempo (y muchas generaciones) para que esta herida cierre: el daño producido por los cuarenta años de Apartheid es, sin duda, demasiado profundo. Por su parte, la pobreza, la falta de educación y, el consiguiente desprecio por la propia vida son los causantes de la (no menos lógica) inseguridad. Y aquí es donde deja de importar por completo el color de piel, al mismo tiempo que se vuelve imperiosa una taxativa respuesta a nivel político.

01/07/10

Cape Town, cuando África se viste de gala

Si te nombran África, es probable que en lo primero que pienses sea en safaris y leones. Si te hablan de Sudáfrica, quizá la primera imagen que se te viene a la cabeza es la figura de Mandela. Hoy los invito a conocer una ciudad distinta. ¿Distinta a qué? Distinta al resto.


En el extremo sudoeste del continente negro se encuentra la hermosa ciudad de Cape Town, un lugar que te enamora desde el minuto cero. Combinando armoniosamente la playa y la montaña, te ofrece un amplio menú de opciones para conocer y recorrer. Pero atención, porque no deja de ser Sudáfrica, por más que por momentos uno pueda olvidarse y llegue a creer que se teletransportó a algún rincón de Europa. Eso significa que la pobreza sigue ahí, a la vuelta de la esquina o en la puerta del hotel. Eso significa que este es un país de contrastes, y que Cape Town no es la excepción.

Hoy, volviendo de un recorrido por la zona de los viñedos, mientras viajábamos por la autopista camino a la costa, retrataba mentalmente cada paisaje y pensaba en que este lugar merece ser contado. Inmediatamente me inundó el interrogante de cómo hacerlo, de cómo poner en palabras una ciudad. Y se me ocurrió una manera, les voy a contar Cape Town a través de momentos.

Me levanto de la cama y en el living del departamento suena una canción de U2, alguien me dice que es cábala y sonará todas las mañanas. Me abrigo, porque a pesar de que no hace frío, es invierno y tampoco está para andar en remera y bermudas. Salgo de mi pieza con ganas de desayunar y veo por la ventana las olas que chocan contra las piedras en la costa mientras el sol en la cara me obliga a fruncir el ceño. Me acerco a la ventana y respiro el aire de mar, no hay nada como el aire de mar.

Me bajo del auto recién estacionado al borde del precipicio, el viento de la montaña me obliga a ponerme la campera. Camino cuesta arriba hasta la base del teleférico que, en minutos, me depositará en la cumbre de Table Mountain. El lugar está lleno de turistas, es difícil precisar cuantos países están representados por, más no sea, un integrante. Ya estoy arriba, los oídos se me tapan por la presión producto de la altura, levanto la vista y puedo ver toda la ciudad: ahí está la playa, la misma que queda cruzando la calle del departamento; ahí está el estadio, el mismo que voy a conocer el sábado; ahí está el puerto, ahí abajo nomás.

Salgo al deck del restaurant de la bodega, adelante mío todo es verde y viñedos. El sol del mediodía me invita a sacarme el sweater mientras disfruto del paisaje. Participo de mi primera degustación, en Sudáfrica y sentado a una mesa repleta de argentinos. Ahora bajo algunos escalones hasta la bodega en sí misma, todo es barricas llenas de vino, y un fuerte olor a madera y uva que te rodea, te embriaga. Un rato más tarde, otra vez al sol, degusto distintos tipos de queso en otra bodega de la zona y así comienza lo que será un suculento almuerzo.

Camino por la costanera y bajo a la playa. Piso la arena blanca con cuidado, como tratando de evitar lo inevitable, que los infinitos granitos se me metan en las zapatillas. Cerca mío, un grupo de argentinos improvisan un picado. Disfruto un rato del sólo hecho de estar en la playa y vuelvo a la costanera. Camino por una calle decorada con palmeras, del lado de enfrente se suceden los bares y/o restaurantes. Me mezclo entre turistas que sacan fotos y locales que les quieren vender a los turistas, la tarde disfruta de sus últimos momentos de sol.


Escribo estas líneas mientras a mis espaldas la luz del día se empieza a despedir. No hace ni frío ni calor, en el departamento reina el silencio, los que están duermen. Me saco las zapatillas para estar más cómodo, pienso en hacerme un mate pero por no dejar de escribir me quedo con las ganas. Me paro, me acerco a la ventana y me quedo mirando el mar unos segundos, se me dibuja una sonrisa. Afuera, mientras tanto, la noche se saluda con el atardecer y hace su presentación triunfal. Todavía es temprano, pero en Sudáfrica el sol ya se está yendo a dormir.

25/06/10

Escala Mundial

Después de una indispensable espera, el día tan añorado llegó y, antes de arribar a mi primer destino – Johannesburgo – la hora de escala que estuve en Ciudad del Cabo fue el preaviso de que este no será un viaje más. Decidí no hacer lo que la mayoría y me quedé esperando a que el avión siguiera su camino arriba del mismo. Mientras el resto aprovechaba para conocer las instalaciones del, según me han contado luego, moderno y bonito Cape Town International Airport, yo viví una experiencia de contrastes arriba de la aeronave. ¿Qué tipo de contrastes?

El vuelo que partió de Ezeiza a las 20:20 del domingo 13 de Junio llegará, once horas después, al O.R. Tambo International, para luego continuar un extenso periplo que lo desembocará en Kuala Lumpur. Por este motivo, era imperioso que las instalaciones del pájaro de metal fueran reacondicionadas para poder recibir a los nuevos pasajeros (para algunos el viaje terminaba aquí en Ciudad del Cabo y para otros tantos, recién comienza). Por tal motivo, subieron a bordo empleados de limpieza del aeropuerto, todos ellos de origen africano, algo que deduje por su incipiente piel negra. Yo, entretanto, aprovechaba para charlar con un chileno que viajó a ver a la selección trasandina, cuando a mi alrededor la escena era por lo menos particular. Mientras los locales empleados de limpieza recibían una notoria reprimenda de una mujer que, por el énfasis de sus indescifrables palabras, adivino sería alguna clase de supervisora; se desarrollaba el cambio de tripulación y los hasta aquí comisarios de abordo – todos de origen malayo, lo cual es bastante lógico volando en Malaysia Airlines – le dejaban su lugar a un conjunto de orientales azafatas. Lo que se dice, un verdadero crisol de razas.

Pasado el momento incómodo del regaño ajeno, yo seguía hablando de fútbol y otras yerbas con el compañero sudamericano. En eso, una empleada de limpieza – la misma que había sido la víctima principal del apercibimiento – se acercó por el pasillo del avión cambiando las fundas de los apoyacabezas y me pasó una para que yo cambiase la mía. Un par de filas más atrás se encontraba un comisario de abordo malayo. Él sonreía simpáticamente y aguardaba a que el avión vuelva a estar en condiciones para seguir viaje. Ella procuraba terminar a tiempo su tarea, dejando caer cada tanto alguna gota de sudor. Cuando se encontraron, el oriental le preguntó si estaba disfrutando la Copa del Mundo, a lo que ella respondió con una sonrisa. Al momento de hacer la pregunta, él no sabía que, minutos antes, a ella la estaban retando. Yo, que presencié la escena completa, llegué a la conclusión de que ella en ese momento, difícilmente estuviese disfrutando. Asimismo, me di cuenta de que todo lo que suceda entre el 11 de Junio y el mismo día del mes siguiente, estará relacionado con el evento deportivo que mira el planeta, todo será, en definitiva, “el Mundial”.

Pero volviendo al tema que precipitó este artículo, hoy quiero hacer hincapié en las relaciones interpersonales y el efecto que tienen en nosotros, ya sea conciente o inconciente. Basta con ir hasta el mercado de la otra cuadra, para entrar en contacto más no sea por un par de minutos, con otra cultura muy distinta a la nuestra: la oriental por ejemplo. Es decir, experimentamos en nuestro día a día lo que podríamos considerar un “intercambio cultural”. Dado el elevado nivel de apuro con que vivimos – sumado a nuestra innata dosis de ansiedad – no es usual que nos tomemos el tiempo para observar qué es lo que está pasando a nuestro alrededor. Y cuando por algún tipo de circunstancia esto sucede, hay muchas chances de sacar algo positivo de esa experiencia. Algo así me pasó durante mi vuelo a Sudáfrica, más precisamente en la hora de escala que el avión hizo en Ciudad del Cabo. Los empleados – tanto malayos como africanos – viven y trabajan con ese apuro al que hacía referencia más arriba. Mientras los que se encargan de la limpieza se esfuerzan por realizar sus tareas a tiempo, los de la aerolínea disfrutan de sus últimos minutos de ocio antes de volver al trabajo. Es en ese momento, cuando algunos de ellos interactúan y, por ende, experimentan ese intercambio cultural que, por la situación y las circunstancias en que se desarrolla, quizá no les signifique nada en ese momento. Yo que estoy empezando mis vacaciones, y por esa razón he desconectado momentáneamente el sistema, observo la situación desde afuera y llego a la conclusión de que inevitablemente esa interacción ha dejado una marca.

Creo que toda relación interpersonal, por más pequeña que sea, genera algo distinto. Y si uno tiene la capacidad de análisis suficiente – y destina algunos minutos de su tiempo para pensar –, ese “algo” puede terminar enriqueciéndonos. Creo que sólo es cuestión de estar más atentos. Esta vez los dejo a ustedes que decidan en qué puede haber sido positivo ese encuentro entre la empleada de limpieza africana y el comisario de abordo malayo. Yo, por mi parte, les confieso que me ha servido como reafirmación de que durante estas próximas semanas que voy a vivir en suelo africano, será importante mantenerme alerta para poder incorporar la mayor cantidad de vivencias respecto de una sociedad que de seguro tendrá costumbres y usos diferentes a los nuestros. He destinado un lugar importante en la mochila para traer conmigo una significativa dosis de curiosidad. Llego a Sudáfrica exultante y deseoso de conocer esta tierra y, más que todo, a la gente que la habita. Para mi este Mundial no serán solamente treinta días a puro de fútbol, la escala en Ciudad del Cabo me lo ha ratificado.

29/05/10

Los incorruptibles

Hace un par de domingos, sentado frente al televisor, un sentimiento mezcla de impotencia y bronca me envolvió. La imagen que me devolvía la pantalla era la de una tribuna de un estadio de fútbol en la que un hombre/hincha/violento caía sobre los escalones de cemento mientras recibía golpes y patadas de parte de (no menos de cinco) policías. La secuencia se desarrolló en la cancha de Huracán, en la popular local, minutos después de finalizado el partido que significó la consagración de Argentinos Juniors. Mientras los visitantes festejaban con locura la obtención del título, los hinchas locales no se bancaron ser los actores de reparto e intentaron romper el alambrado (de su propio estadio) para invadir el campo de juego. La policía respondió rápidamente intentando dispersar a los que generaban los desmanes. En pocos minutos las balas de goma surgieron efecto y la tribuna comenzó a vaciarse. Fue en ese momento, cuando la tensión iba en claro descenso, que pudimos observar la escena que les describía en el comienzo. Instantes después de la (innecesaria) golpiza se lo llevaron detenido, algo que podrían haber hecho en el momento preciso en que lograron atraparlo.

¿Por qué mi impotencia y mi bronca? Porque responder a la violencia con más violencia, sólo genera deseos de venganza que, en definitiva, significarán sin duda más violencia. Pegarle al hincha cuando este ya había caído al suelo estuvo claramente de más. Creo que el problema fundamental radica en que el accionar de los policías también es una manera de vengarse. ¿De quién se preguntan? De nadie en particular y de todos en general. Vivimos un presente regido por la intolerancia y la bronca. No nos bancamos (casi) nada y, en muchas ocasiones, respondemos de forma violenta. El fútbol es una muestra acotada pero muy precisa de lo que sucede en la sociedad toda. Es imprescindible que bajemos (todos) un par de cambios.

Muchas veces se habla de lo poco o lo mal que gana un policía, que día a día arriesga su vida en pos de brindar seguridad a sus conciudadanos. Hoy quiero hacer hincapié en otro aspecto que tiene que ver con su forma de desempeñarse, porque a pesar de todo ellos también son seres humanos, como vos y yo. En lugar de preocuparnos por su sueldo, ¿a alguien se le ocurrió pensar qué siente un policía argentino? ¿O acaso ellos no tienen derecho a tener bronca también? Pertenecen a una institución totalmente desprestigiada y su imagen está relacionada en muchas ocasiones con la corrupción antes que con la seguridad. Para los que no somos policías, es normal meterlos a todos en la misma bolsa y decir que “son coimeros y corruptos”. ¿Y quién paga esas coimas? Nosotros claro, los incorruptibles. Los que desde la comodidad de nuestro living nos indignamos al ver las escenas de violencia que invaden la pantalla.

Yo creo que el hombre no es violento de por sí, sino que potencia esta característica gracias al entorno en el que ha crecido. Es cierto que algunos tienen más predisposición a las reacciones violentas, como si hubiese algo de innato en ese comportamiento. Pero considero que es el amor (o la falta de) con que uno crece lo que más influye en el desarrollo de nuestra personalidad. Es imposible experimentar un avance si sólo se fomenta el odio, el resentimiento, la bronca, la intolerancia o el miedo. Todos estos sentimientos sólo generan más de lo mismo, se retroalimentan y se reproducen. No pretendo que el policía abrace al delincuente, pero se debe atacar la causa antes que buscar una solución para la consecuencia.

Comencé este artículo juzgando a los policías que golpeaban al hincha, para luego hacerme a un lado y ponerme en su lugar. No para justificarlos, pero si para entenderlos. Ninguno de nosotros es quien para juzgar el desempeño del resto. Cuando juega la Selección se habla de que somos 40 millones de técnicos, pues bien, cuando se trata de señalar los errores que cometen los demás pareciera que en Argentina viven 40 millones de jueces. Si el contexto es una charla futbolera vaya y pase, pero esto sucede en todos los ámbitos: hasta el ciudadano más apolítico se encarga de levantar el dedo para acusar y remarcar los errores de quienes nos representan. Estoy cansado de los que critican por deporte. Aplaudo al que intenta y se equivoca. Reivindico al que se la juega por la causa que considera justa, más allá del resultado que obtenga. Condeno a aquel que, sentado de brazos cruzados, se encarga de resaltar los fracasos del resto.

Tenemos los policías que nos merecemos. Tenemos los hinchas que nos merecemos. Pero cuidado, porque no todos ellos son corruptos y violentos. También los hay responsables y educados, pero tienen menos prensa y para muchos son minoría. Es importante que dejemos de perder tiempo señalando a los que se equivocan, y empecemos a ocuparnos en revalorizar a los que valen la pena. Como todo trabajo representa un esfuerzo y si queremos crecer debemos afrontarlo. Todos tenemos nuestro grado de responsabilidad como integrantes de esta sociedad. Somos seres falibles, hacernos cargo sería un buen comienzo.