23/11/09
Disfrutar del sufrimiento
De la definición de la palabra fanatismo podemos extraer, llamativamente, el término "preocupación". Un hincha de fútbol vive con real desvelo todo lo que atañe a su club. Y al hablar de preocupación, estoy directamente definiendo cómo es el sentimiento de un hincha. Cuando uno quiere apasionadamente, es imprescindible que exista paralelamente un dejo de preocupación, por desear que todo salga bien, lo que conlleva una inevitable dosis de sufrimiento. Desde este lugar, podemos acercarnos a entender de una forma más lógica el desahogo que significa un grito de gol, la felicidad que produce una victoria o la locura con la que se festeja un título.
Existe un día en la vida en el que nos hacemos hincha de un equipo. Si uno creció en una familia futbolera, es posible que los primeros contactos con el mundo de la redonda hayan llegado incluso antes que la primera palabra. Y si nació en Argentina, es muy probable que ya hayan elegido por uno de que club deberá ser hincha. Con el paso de los años, puede que salgamos de otro equipo o inclusive que elijamos otro deporte como favorito. Pero llega un determinado momento en la vida de nosotros, los futboleros, en el que nos recibimos de hinchas. Es difícil explicar bien cómo o cuándo sucede. Pero sucede. Uno deja de ser ese chico que tenía las puertas del placard llenas de pósters para tomar real conciencia de lo que significa ser hincha de fútbol, desde el momento en que su alegría o su tristeza se ven directamente influenciadas por el resultado de un partido. Es un proceso mayormente inconciente, pero que deja una marca indeleble. Tiene que ver con una etapa de madurez, en la que uno consolida un sentimiento de pertenencia muy profundo. Un hincha nunca cambiará de club y vivirá preso de un amor al que es muy complicado ponerle un límite. Los que nunca lo vivieron, están destinados a ser eternos ignorantes en materia de pasión futbolera.
Ser hincha de un equipo de fútbol supone un compromiso tácito que no demanda esfuerzo alguno. Nosotros, los seres humanos, no elegimos querer o no a alguien. Simplemente lo sentimos. Por esta razón, no podemos obligar a otro a sentir de determinada manera. Igualmente, es lógico y comprensible el comportamiento de un padre que hace todo lo posible para que su hijo se haga hincha de su mismo club. Pero que esto suceda, depende en cierta medida del hijo y en gran parte del destino. Lo que puede hacer el padre, en todo caso, es hacerse amigo del destino. En el caprichoso momento en que uno descubre su fanatismo, tiene mucho que ver el fútbol mismo. El universo que representa un solo partido puede ser determinante en una elección que es para toda la vida. El padre puede fomentar ese sentimiento, llevando a su hijo a ver a su club. Este es otro factor que hace al fútbol, un deporte hermoso.
Vivimos en un país en el que prácticamente nos obligan a optar por un club. Inclusive los que más detestan a éste deporte tienen un equipo del que se dicen simpatizantes ante un circunstancial interrogatorio. Pero dentro del gran porcentaje de población que se dice hincha, existe un grupo más reducido que realmente lo es.
Están los que se divierten viendo los partidos por televisión. Están los que se ponen contentos cuando escuchan que su equipo ganó. Y también están los que cada tanto se dan el gusto de ir a ver algún partido a la cancha y de sentirse hinchas por un rato. Pero además de todos ellos, también estamos nosotros: los hinchas. Los que vamos a la cancha a todos lados o simplemente seguimos los partidos pegados a la radio. Los que no sentimos vergüenza al llorar de tristeza en una tribuna y somos capaces de abrazarnos con media popular en cada grito de gol. Los que sufrimos cada partido como si fuera el más importante y nuestro humor semanal se ve directamente influenciado por el resultado del mismo. Los que no podemos disfrutar plenamente cuando juega nuestro equipo y, sin embargo, esperamos ansiosos que llegue el domingo para poder sufrir durante 90 minutos, para poder disfrutar de ese sufrimiento. Nosotros, los hinchas, los que no entendemos lo que es vivir sin el fútbol.
Ser hincha es sinónimo de irracionalidad. La pasión no entiende de razones. Es pura y exclusivamente un modo de sentir. El fútbol es un deporte que practican 22 jugadores adentro de un campo de juego y, al mismo tiempo, cientos de miles afuera del mismo. No tiene lógica pensar que alguien que no está participando activamente del partido, es capaz de sentirse en deuda con su equipo. Sin embargo esto sucede porque, en definitiva, lo que siente el hincha no tiene lógica.
La línea de cal que delimita el terreno de juego es, para un hincha, la misma que divide la felicidad de la tristeza. Resulta imposible expresar con palabras este sentimiento. Hoy me propuse intentar explicarlo y entenderlo de una forma más racional si se quiere. Para que aquellos que no lo comparten se puedan acercar a comprender lo que nos pasa. Y para que los hinchas de fútbol puedan revivir en el repaso de lo que están leyendo, algún momento inolvidable, como tantos que nos regala este hermoso juego.
Pero también para realizar un llamado de atención, porque cuidado: no debemos malinterpretar este sentimiento. Ayer se jugó, en Rosario, el clásico entre Newell’s y Central. Durante el partido, un hincha tiró un cuchillo al campo de juego, con claras intenciones de lastimar al arquero Peratta, cosa que afortunadamente no sucedió. La respuesta fue sólo una amenaza de suspensión por parte del árbitro. Quizá ese hincha sienta un gran amor por su equipo (o no), pero eso no justificaría semejante acto de inconciencia. Estamos acostumbrados a que sucedan estas cosas, no sorprenden, lo que ratifica una vez más la nefasta frase del presidente de la AFA, Julio Grondona: "todo pasa".
Si somos hinchas que queremos seguir viendo jugar a nuestro equipo, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Los dirigentes y los responsables de la seguridad, son los que deben hacer algo para resguardar, precisamente, la seguridad de nosotros los espectadores. Y nosotros, los hinchas, tenemos que empezar por condenar el accionar de los violentos. Desde hace aproximadamente un año, no voy a la cancha a ver el clásico San Lorenzo-Huracán, porque la mayoría de los cánticos hacen referencia a un hincha muerto en el pasado, en un enfrentamiento entre las barras. Esta no es la solución, ya que si dejamos de ir a la cancha, en definitiva seguirán ganando ellos. Yo quiero al fútbol y me duele ver que lo están matando. Por eso hoy me propuse reivindicar a los que, desde las gradas, hacen grande a este deporte. A los que sienten apasionadamente, a los que se preocupan, sufren y se emocionan. En definitiva, al verdadero hincha.
Para el cierre quise buscar un sinónimo de la palabra hincha, tantas veces repetida en este artículo, pero no pude encontrar ninguno. No existe otro vocablo que describa fielmente esta forma de sentir. De la misma manera que no existe, desde mi visión, un sentimiento semejante. Por eso prefiero pecar de redundante, pero dejar en claro lo que siento. Como hincha, sueño con un deporte que se viva con la misma pasión que hoy día, pero en paz. Porque es posible un fútbol más sano, en el que a nosotros, los hinchas, nos dejen sufrir tranquilos.
11/11/09
Prohibido opinar diferente
Dos amigos coinciden en una tribuna finalizado un partido de fútbol. Discuten, exponen opiniones desencontradas, charlan acerca de lo acontecido en dicho encuentro. Termina el intercambio de ideas, se suben al mismo auto y vuelven juntos a sus hogares respectivos, sin resquemor alguno. ¿Qué extraño suceso hizo que dos argentinos, luego de una discusión en la que nunca se pusieron de acuerdo, no terminasen peleados? Si a usted le resulta extraña la pregunta que acaba de leer es porque probablemente haya descuidado un término de vital importancia en dicho enunciado: “argentinos”. El objetivo de mi exagerado razonamiento, es hacer hincapié en una característica profundamente arraigada de nuestra sociedad: la intolerancia hacia una opinión disidente.
Discutir, el arte de intercambiar ideas y opiniones, nos obliga a ejercitar la mente. Uno se ve constantemente en la necesidad de argumentar para poder demostrar que lo que está expresando es lo correcto. Es un ejercicio definitivamente enriquecedor. Estoy convencido que muchas ideas y razonamientos surgen de charlas en las que nuestro interlocutor piensa en algún modo distinto a nosotros, lo que nos obliga a analizar y repensar lo que estamos diciendo. Cuando uno quiere hacerse entender y no lo logra, busca por todos los medios posibles, agota todas las opciones hasta sentirse satisfecho, ya sea porque el otro entendió o porque uno hizo todo lo que estaba a su alcance para que eso suceda. Pero cuando actuamos de forma intolerante, estamos bloqueando la capacidad de pensar distinto. Por el sólo hecho de estar en contra de lo que el otro opina, somos capaces de defender argumentos que ni siquiera nos representan. Ser intolerantes es perder la capacidad de escuchar, nos hace menos humanos, nos reduce. Es el autismo de la razón.
Todos tenemos actitudes intolerantes: en la calle, en el trabajo, en nuestra vida cotidiana se nos presentan diversas situaciones en las que dejamos de pensar al otro como par. Esta forma de ser genera violencia, que puede ser física y también verbal. Y produce un desgaste, que puede terminar siendo mentalmente agotador. Uno se vuelve impaciente, tiende a enojarse por cualquier cosa y termina confrontando, casi siempre sin sentido.
Por eso hoy les propongo hacernos cargo, cada uno desde su lugar. Uno tiende a pensar que todos los defectos son de los demás y a olvidarse de que, como ser humano, es también falible. Creo que es necesario ejercitar nuestra paciencia, pero sabiendo que no es una tarea sencilla. Vivimos en una ciudad de Buenos Aires en la que reina el caos, en donde la intolerancia es moneda corriente y se multiplica en cada esquina. Esto nos pone en la obligación de hacer un esfuerzo si queremos que algo cambie.
La vida del político es básicamente confrontar e intercambiar ideas con sus pares. Sin embargo, uno tiene la sensación de que nuestros dirigentes no están dispuestos a aceptar que el otro puede tener razón, inclusive creyendo que es así. Esto hace que sea prácticamente imposible lograr un crecimiento. Es por ello que, sin temor a ser redundante, vuelvo a hacer hincapié en un tema ya fetiche en mis artículos: la educación. Es indispensable enseñarles a los más chicos que es posible convivir en armonía. No sólo importa que aprendan geografía, historia o el teorema de Pitágoras. También es fundamental que nunca dejen de creer en el diálogo, en el intercambio de opiniones, y que aprendan desde pequeños a exponer sus ideas con claridad y compromiso. Sólo así podremos soñar con una clase dirigente que sea capaz de luchar y defender sus ideales con inteligencia e hidalguía.
Vivimos en una sociedad que no acepta convivir con quienes piensan diferente y que muchas veces lo hace sólo desde el prejuicio, ya que nunca se dio un momento para preguntarse por qué el otro piensa lo que piensa. Creo que todos disfrutamos al compartir una mesa con amigos, polemizando sobre los temas más triviales y somos capaces de dejar la vida en cada discusión. Por eso no entiendo cómo es posible que no podamos sentarnos a dialogar e intentar ponernos de acuerdo, acerca de los temas que hacen a nuestro futuro como país y, por ende, a nuestro futuro como habitantes de este suelo. Hoy empiezo por aceptar que muchas veces he pecado de intolerante, logrando generalmente sólo perjudicarme.
Debemos preocuparnos por vivir un poco más despacio, de tomarnos el tiempo necesario para ser más pensantes. En una realidad regida por la ansiedad, que nos envuelve en su espiral vertiginoso y nos lleva a actuar constantemente de forma irracional, es muy sencillo volvernos intolerantes. Actuamos por instinto, más como animales que como seres humanos que somos. Y en definitiva, en esta ecuación, salimos siempre perdiendo.
Intolerancia: Falta de respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
31/10/09
¿Cuántos Messi hay?
Hay jugadores que rinden por arriba de su capacidad cuando se sienten importantes, cuando los cargan de responsabilidades y les suben la vara con la que miden su rendimiento. Hay jugadores que muestran su mejor versión en instancias finales, cuando las papas queman. Para ver la mejor versión de Messi no hace falta hablarle, ni darle la 10, ni decirle que es el mejor del mundo. Para que rinda al cien por cien hace falta hacerlo sentir cómodo adentro de la cancha. Hace falta rodearlo bien, hacerlo sentir parte de un equipo y no el encargado de ganar el partido. Cuando el rendimiento colectivo pierde lo colectivo, Lionel se ve obligado a ser el salvador, a tener que gambetear a cuatro, tirar el centro e ir a cabecearlo. Y ahí es cuando se pierde, cuando la situación lo sobrepasa y su incomodidad hace que deje de sentirse útil para el equipo. Entonces se aísla, inconcientemente se va del partido, comienza a entrar cada vez menos en juego y, cuando lo hace, busca siempre la individual y pierde más de lo que gana.
En contradicción con lo que muchos creen, Messi es un jugador que necesita del equipo. Es individualista por naturaleza y su gambeta en velocidad es indescifrable. Pero para explotar su individualismo necesita ser bien asistido. Necesita estar bien acompañado. Necesita mezclarse entre el resto, hacerse pasar por un rato por un jugador más, para poder luego aparecer por sorpresa y demostrar que es un verdadero fuoriclase. Es notable como cuando tiene cerca un jugador con el que se siente cómodo, con el que siente que puede congeniar adentro de la cancha, enseguida lo busca. Lío necesita encontrar en Verón a su Xavi o en Aimar a su Iniesta.
Se le exige mucho más que al resto, porque se sabe que tiene mucho más para dar. Los que nunca lo vieron jugar en España dudan de sus condiciones o se preguntan si alguna vez rindió en la Selección. Inclusive he llegado a escuchar que es una mentira o han llegado a decir que no es argentino, sino catalán. Lionel sabe que no está rindiendo con la albiceleste y se siente en deuda. Por eso no grita los goles, porque no se siente parte del equipo. Pero esto no sucede porque sus compañeros no lo ayuden o porque se sienta excluido. Esto le pasa porque no se siente útil, sabe que no les está dando todo lo que su potencial le permite.
La Pulga no es enganche, es un jugador vertical que cuando agarra la pelota busca inmediatamente el camino más directo al arco. No se destaca por su visión de juego, ni tampoco por ser un gran asistidor y aún así puede meter una bola de gol, ya que la sensibilidad de su pie izquierdo se lo permite. Es un delantero con gol y, sin embargo, en los últimos partidos jugando para la Selección Argentina casi no pateó al arco. Messi está siendo desperdiciado. Tenemos al mejor jugador del planeta, pero no lo sabemos aprovechar.
Si el logra olvidarse de que tiene que demostrar, cada vez que toca el balón, que es el mejor del mundo. Si logra dejarse llevar y sumergirse en el juego, ahí podremos verlo en su mejor versión. Inclusive, es probable que alcance un nivel de rendimiento superlativo y logre que nadie se permita siquiera dudar, que es actualmente el mejor. Para que lo haga, lo más importante no es hablarle. Está bien preguntarle qué es lo que necesita para sentirse cómodo, pero existe la posibilidad de que él no sea conciente del motivo. La solución pasa por el equipo. Cuando la Selección logre un funcionamiento como tal, ahí podremos disfrutar del mejor Messi. Del único Messi.
08/10/09
Bienvenido Matías
En la actualidad, los chicos que están comenzando sus carreras como futbolistas, firman su primer contrato con edad de novena división y tienen un representante, inclusive antes de entender realmente cuál es la función que éste debe cumplir. Una mañana, luego de su regreso a River, Almeyda se sorprendió al ver aparecer a uno de los más jóvenes del plantel con auto nuevo. Al indagar, se enteró de que era un regalo de su representante. Molesto con esta situación se preguntó: ¿por qué, si lo quiere tanto, en lugar de un auto no le regala un departamento?
Esta manera de pensar, está históricamente relacionada con la de antiguos directores técnicos, como por ejemplo Timoteo Griguol, que no les permitía a sus dirigidos invertir en un cero kilómetro sin antes asegurarse el techo propio. Este rol casi paternal que tenían ciertos entrenadores, brindaba un gran aporte en la formación de muchos futbolistas. Hoy este deporte está cada vez más lejos de aquellas épocas y los chicos se ven obligados a hacerse grandes cada vez más jóvenes. Es así como terminan yéndose a jugar al exterior a muy temprana edad y muchas veces sin la madurez necesaria para afrontar semejante desafío.
Almeyda dejó el fútbol porque se había asqueado, estaba cansado de ver como el negocio se comía al deporte y, con edad y físico para seguir jugando, decidió volverse a su casa a disfrutar de su familia. Luego de un par de años de inactividad, sintió que el jugador que tenía adentro le estaba pidiendo volver. Pasaron el Showbol y el Torneo Super 8, con estrellas del pasado, y apareció un ofrecimiento para volver a jugar oficialmente con la camiseta que lo vio nacer. Y Matías no dudo. El mismo que había largado cuatro años atrás para preservar su salud mental estaba de vuelta, convencido de que podía serle útil a su club y a este deporte desde adentro de la cancha. Durante el período que estuvo sin competir se dedicó, entre otras cosas, a aconsejar a los futbolistas más jóvenes. Hoy, con 35 años, sabe que su físico le da para jugar durante un tiempo más y que cuando deje definitivamente la actividad, seguirá estando cerca del fútbol. Seguirá intentando aportar lo suyo, porque se dio cuenta de que la única forma de defender lo que él siente que está bien, es involucrándose. Porque, al fin y al cabo, de eso se trata la vida, de jugarse por lo que uno cree que es lo correcto.
Hoy en día, el mundo del balón se encuentra atrapado en las garras de un gigantesco negocio que lo absorbe, corrompe y utiliza para beneficio de quienes ostentan el poder. Esta realidad, no hace más que perjudicar inmensamente al juego, al deporte en su sentido más puro y sano. Es así como, en el fútbol argentino, la mayoría de los clubes se encuentran en situaciones críticas desde el punto de vista económico. Los dirigentes se ven constantemente obligados a vender rápido a sus jóvenes figuras para poder afrontar medianamente las deudas y este círculo vicioso lo único que logra es debilitar cada vez más a las instituciones y, a su vez, fortalecer a los grandes inversores.
En medio de este presente nefasto desde lo deportivo, nos encontramos los espectadores, simples amantes del juego que no nos sentimos completos si no podemos ver jugar a nuestro equipo. Y también está un tal Matías Jesús Almeyda, el Pelado, un futbolista sano que busca combatir a todos aquellos que, tratando de hacer su negocio, están matando al fútbol. Desde su lugar dentro del verde rectángulo, no sólo demuestra que todavía le da el físico para rendir en la alta competencia, sino que además brinda un gran aporte en la formación de los más chicos.
21/09/09
Aprovechar el negocio
La Sudáfrica negra ya disfruta de lo que será, sin duda, un mes de fiesta, a pesar de la enorme responsabilidad que significa organizar la copa del mundo. Sin embargo, no todas son buenas: a mediados de julio, un paro de los obreros de la construcción ponía en riesgo la terminación de las obras y hace un par de semanas, hubo una huelga de taxistas que, celosos con el nuevo sistemas de autobuses rápidos recientemente implementado en Johannesburgo, terminó con los micros baleados y sus conductores amenazados de muerte.

Sudáfrica trabaja desde hace tiempo para recibir el primer mundial en suelo africano y, que todo esté en condiciones a tiempo, requiere de un esfuerzo mayor de toda la sociedad.
El 11 de Febrero de 1990 era liberado, luego de 27 años de prisión y a los 71 años de edad, Nelson Mandela. El apartheid (la palabra significa ‘segregación’) fue un acto de racismo que durante más de 40 años mantuvo al país dividido de acuerdo a la clasificación racial de cada individuo. Mandela, luego de su liberación, llevó al apartheid a su fin y el 27 de Abril de 1994, en las primeras elecciones generales en décadas, fue elegido el primer presidente negro en la historia de Sudáfrica. Desde su nuevo cargo, puso en marcha una política de reconciliación nacional y a un año de su asunción organizó la copa del mundo de rugby.
Un deporte que fue históricamente uno de los símbolos de los afrikaner (así se los llama a los sudafricanos de raza blanca y descendientes de holandeses), durante el mundial, logró como había previsto Mandela, unir a negros y blancos bajo una misma causa. La copa del mundo ganada por los Springbok en 1995 es uno de los hitos en la historia de la reconciliación nacional.
Durante décadas, los sudafricanos vivían en ciudades diferentes, de acuerdo a su clasificación racial (basada en el color de piel) y también practicaban deportes distintos: los blancos amaban al rugby, deporte en el que son potencia mundial, mientras los negros preferían el fútbol.
Hoy todo un país se prepara para un evento similar al que vivieran 14 años atrás, pero de una magnitud mucho mayor. Durante un mundial de fútbol, no sólo los fanáticos de ese deporte se hacen presentes, el mundo entero observa lo que sucede durante un mes en el que se respira fútbol. Ciudadanos de todo el planeta invadirán un país que hace menos de 20 años estaba regido por el racismo y en el que el odio de la raza negra, que vivía bajo la opresión y la esclavitud, era de un grado difícil de imaginar por quienes nunca vivimos una situación semejante.
Pero hoy existen chicos en Sudáfrica que nacieron y crecieron en un país nuevo, en un contexto muy diferente al de un par de décadas atrás, chicos que, como los nacidos después del ’83 en Argentina, no convivieron con un régimen nefasto en la historia de su nación. Para estos chicos, y para todos los chicos, este deporte que mueve cifras millonarias alrededor del globo, el fútbol, es simplemente un juego.

Adentro de un campo de juego somos todos iguales. Negros y blancos, ricos y pobres corren detrás de un balón sin hacerse problema por el origen racial o la clase social de sus compañeros de equipo. La única manera de crecer que tiene una sociedad es por medio de la educación. Y es ahí en donde el deporte, en este caso el fútbol, puede brindar un gran aporte. El odio interracial sigue vigente en muchos lugares del planeta. La única manera de combatir al gran negocio que es la guerra, es educando a los más chicos. Ellos serán los que tomen las decisiones en el futuro. Hay que utilizar todas las herramientas que estén a nuestro alcance para dicho propósito. El fútbol puede hacer un aporte fundamental y no debemos desaprovecharlo.
31/08/09
¿De qué lado estás?
Multitud, disconformidad, tensión, enfrentamiento. Para cualquiera que vive en la ciudad de Buenos Aires, estas son palabras que no sorprenden. La imagen es elocuente: un tipo tirado en el piso, acurrucado, intentando cubrirse de los golpes. A su alrededor otros cuatro tipos le pegan patadas. Unos metros atrás de los agresores, un fotógrafo y un camarógrafo registran el momento. Yo observo lo que sucede por televisión, desde la comodidad de mi casa, y decido poner pausa.
Durante nuestra vida debemos tomar decisiones constantemente. La mayoría son decisiones menores (mate o café) y existen determinadas ocasiones, en las que la elección requiere cierto nivel de análisis previo. Para ello, la herramienta que más utilizamos es la experiencia. Y, basándonos en la experiencia, muchas veces decidimos de forma inconsciente, por ejemplo: sin hacer ningún análisis, yo se que el café con leche me gusta con tres cucharadas de azúcar.
Sinceramente no concibo el ver a un fotógrafo que se desespera por obtener la imagen precisa, el golpe en el momento del impacto, y que no reacciona intentando defender a ese mismo hombre al que está fotografiando. Y ustedes me dirán: su trabajo es sacar fotos y no resguardar la seguridad de sus conciudadanos. A lo que yo respondo: antes de ser fotógrafo, ese hombre con una cámara de fotos en la mano, es un ser humano, igual que el que está siendo golpeado, igual que vos y yo. Y como seres humanos, tenemos poder de decisión.
Para mi no existe ver como cuatro tipos le pegan a otro y no hacer nada. Y menos acercarse para sacar una foto y dejar que le sigan pegando. Quizás alguno de esos que golpeaban, a la noche se avergüencen al verse por televisión. O quizás no. No voy a juzgarlos a ellos. Hoy me propongo cuestionar un accionar que es común en todos nosotros, como parte de una sociedad.
Es entendible no responder al ver como a alguien le roban a punta de pistola delante de nuestros ojos, porque probablemente tiene que ver con poner en riesgo la vida. Pero ahora me detengo ante la imagen que me devuelve el televisor: hace minutos se leyó la primera sentencia en el juicio por Cromañón y los integrantes del grupo Callejeros fueron absueltos. Los familiares de los chicos muertos esa noche están furiosos y lo demuestran ante las cámaras. La zona de tribunales se ve envuelta por el caos. En medio de la muchedumbre enfurecida está el hijo de Omar Chabán. Y es a él a quien le están pegando.
Es la no-reacción del fotógrafo y el cámara lo que me hizo ruido. Esa imagen fue el disparador que me llevó a sentarme a escribir. Creo que es la versión malentendida del rol que uno cumple en la sociedad lo que nos lleva a quedarnos inmóviles ante determinadas situaciones. Yo fotógrafo estoy acá para sacar fotos, y nada más. El resultado es la inacción, como si en determinadas circunstancias se bloqueara nuestra capacidad de análisis. Seguramente ese fotógrafo volvió a su casa luego de una jornada laboral más, se pegó una ducha y se hizo algo de comer, sin cuestionarse en absoluto su accionar de horas antes, sin un dejo de remordimiento por haber visto como golpeaban a aquel hombre y no haber hecho nada para ayudarlo.
Yo me pregunto cuán normal es esto. O mejor dicho, cuán bien está que esto nos resulte normal. Y llego a la conclusión de que no está nada bien, de que estamos fallando en algo si una imagen así no nos genera nada. Es por eso que decidí ponerle pausa a la realidad. Porque de eso se trata este espacio, en el que no sólo voy a escribir comentarios deportivos.
Comencé hablando de tomar decisiones, y creo que lo preocupante en este caso es el hecho de que en ningún momento nos permitimos dudar. En ningún momento nos damos la oportunidad de decidir. El fotógrafo no elije entre ayudar al hombre o sacar la foto. Existe aquí un alto grado de alienación, determinadas situaciones se nos vuelven normales y ni siquiera nos preguntamos si está bien o mal. Pero nunca es tarde para despertar, para demostrarnos a nosotros mismos que somos personas pensantes y que todavía conservamos nuestra capacidad de análisis.
No pretendo condenar al fotógrafo, que después de todo es una muestra de lo que somos todos nosotros como individuos dentro de esta sociedad. Hoy mi objetivo es despertar ese sentimiento dormido, que día a día no nos deja reaccionar ante situaciones en las que estamos en desacuerdo. Porque todos tenemos la posibilidad de elegir. Porque todos podemos poner pausa y decidir de qué lado queremos estar.
15/08/09
Y acá en los tablones
El fútbol argentino ha sido siempre resaltado por la efervescencia con que se vive cada encuentro desde las tribunas. Es normal escuchar a jugadores que emigraron a jugar en el exterior, decir que extrañan nuestra manera de sentir el fútbol.
Está claro que en este presente mundial multimediático, un deporte tan popular como es el fútbol no puede estar ajeno al gran negocio de la televisión. Hoy nos es posible ver partidos de las ligas más diversas y la oferta es tal que no importa a que hora prendemos el televisor, siempre hay un encuentro para ver. Para el espectador futbolero, es un contexto que roza el ideal. Pero esta posibilidad de ver prácticamente todo lo que pasa, ha alejado a muchos de los estadios. Sin olvidarnos del alto grado de violencia con el que convivimos, podemos plantear un escenario perfecto: fútbol seguro desde el sillón de casa.
En una tribuna se mezclan los sentimientos más diversos y es posible pasar de la tristeza a la alegría en cuestión de segundos. En una tribuna se derraman lágrimas de dolor, pero también de emoción. En un grito de gol se desata la locura y uno se abraza con amigos, pero también con desconocidos a los que nunca volverá a ver ni abrazar. Yo creo que hincha es aquel que domingo a domingo vive los partidos en la cancha. Ese capaz de bancarse horas de cola para conseguir una entrada y que sufre inmensamente si se queda sin la suya. Porque la cargada que más duele es la que gritan miles de tipos desde la otra punta del estadio. Y la más disfrutable es la que cantás vos a la par de tu hinchada. Porque para el hincha no existe momento más sublime, que el festejo de un gol sobre la hora contra clásico rival.
Por eso hoy me siento a escribir sobre los que no entendemos a este deporte sin la tribuna. Sobre los que se sienten incompletos cuando gritan un gol sentados en la frialdad del comedor, sin la chance de abrazarse con nadie, sin sentir la euforia del grito colectivo, sin el inmediato cántico que cada hinchada tiene posterior al festejo de gol. A pesar de que hoy todo debe pasar por la pantalla del televisor para ser real, todavía estamos los que creemos en la familia futbolera. Los que disfrutamos cada fin de semana encontrándonos en ese lugar elegido de la tribuna, ahí donde siempre estamos los mismos. Familias del fútbol, que no se reúnen para navidad ni tampoco en los cumpleaños, pero que sin embargo se extrañan cuando hay que ir de visitante o alguno se pierde un partido porque estaba enfermo.
Quizás algún día entendamos que la televisación de los partidos debe ser un servicio. Y cuando digo “entendamos” estoy hablando de nosotros, los simples espectadores, y también de ellos, los encargados de tomar las decisiones. Porque a pesar de que el fútbol es un negocio que mueve millones, no existiría sin los miles de tipos que cada fin de semana siguen a su equipo. Hoy nos dicen desde el Gobierno que quieren un fútbol para todos pero, lamentablemente, es difícil creerles. Mientras tanto, los Kirchner continúan en su lucha contra el Grupo Clarín y la gente espera ansiosa por su deporte más querido. Ojalá que este momento de cambios que estamos viviendo, nos ayude a entender que el gran negocio del fútbol, en el que la televisión juega un papel preponderante, todavía nos da lugar a los que disfrutamos viviendo los partidos desde la tribuna. Porque no existe un fútbol sin hinchas. Porque nosotros, los hinchas, también somos el fútbol.